28 de julio de 2013 · Sara Marugan
Frases hechas: la diferencia entre castellanos y catalanes
Este artículo se ha traducido automáticamente del original en catalán de Sara. El texto es suyo; la traducción no la ha revisado nadie. Lee el original en catalán →

Una lengua es mucho más que un código con el que se transmiten datos, pensamientos, etc. Las lenguas son parte intrínseca de nuestra cultura y todas tienen giros y modismos propios. Por eso os adjunto unas reflexiones para difundir nuestra diferencia con los castellanos. No pretendo que os lo toméis al pie de la letra: quiero mostraros una vertiente lúdica y para pensar de la diferencia entre el catalán y el castellano. ¡Espero que os guste la comparación!
Ellos dicen «perro viejo» y «mosquita muerta» donde nosotros decimos gat vell y gata maula. La suerte máxima de la rifa es allí un masculino, «el gordo», y aquí un femenino, la grossa.
De la mujer de San José los españoles destacan que sea «Virgen» y nosotros que sea Nostra Senyora (pequeña aclaración: no es «madre de Dios» en castellano ni mare de Déu en catalán, dado que Dios no tiene madre, pero sí hijo; la forma correcta sería «la madre del hijo de Dios» o la mare del fill de Déu, y por eso en Montserrat la llaman Nostra Senyora de Montserrat). Ellos pagan «impuestos», que viene de «imponer», y nosotros contribucions, que viene de «contribuir».
Los españoles desvergonzados lo son del todo, no tienen ni pizca de vergüenza, puesto que son «sinvergüenzas», mientras que los catalanes correspondientes son solo unos pocavergonyes. Como medida preventiva o liberadora, ellos tocan «madera» cuando nosotros tocamos ferro (hierro).
Allí celebran cada año las «Navidades», mientras que aquí con un solo Nadal anual ya tenemos bastante, como nos basta también un bon dia y una bona nit cada veinticuatro horas, frente a sus múltiples «buenos días» y «buenas noches» diarios.
En España se ve que lo dan todo: «dar besos, abrazos, pena, paseos…», mientras que en los Países Catalanes damos más bien poco, porque nos lo tenemos que hacer solos: fer petons, abraçades, pena, un tomb…
Allí dicen «¡oiga!» cuando aquí hilamos más fino con un escolti! De los huevos de gallina que no son blancos, ellos dicen «morenos» y nosotros rossos (rubios), colores que habitualmente se oponen hablando del cabello de las personas.
De los genitales femeninos, allí se dice vulgarmente «almeja» y aquí figa (higo), palabras que designan dos realidades tan distintas como un molusco salado, áspero, duro, grisáceo y difícil de abrir, en un caso, y en el otro un fruto dulce, jugoso, blando, rojizo y de tacto agradable y fácil.
Mientras ellos «hablan» —¡y lo hacen!—, aquí enraonem, es decir, hacemos funcionar la razón, aunque sin éxito. Allí, para enseñar algo a alguien, «adiestran», y aquí ensinistrem.
Más allá de los conceptos políticos actuales, unos basan la enseñanza sobre la «diestra» (derecha) y los otros sobre la «siniestra» (izquierda)…
Toda una concepción del mundo, pues, se adivina tras cada palabra de una lengua, porque la lengua es la expresión de un comportamiento colectivo, de una psicología nacional, distinta, ni mejor ni peor que otras. No se trata, en consecuencia, solo de traducir, sino de entender. Por eso, todos los que han cambiado de lengua cambian también de punto de vista y de nación. Y como no es igual la nación que tiene un estado detrás que la que tiene dos encima, ir de ganador por la vida es más cómodo que ir de vencido. Yo, que lo miro desde el lado de quienes no son 300 millones —ellos tampoco, aunque lo digan—, cada vez veo más la solución liberadora de esta situación como una cuestión de huevos. De huevos colectivos, se entiende. Y no precisamente solo del color de los huevos…
